Escrito por el Grupo de Trabajo de Violencia Familiar y de Género de SOCALEMFYC

Cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, es una fecha para la reflexión y para recordar a la sociedad la realidad de la desigualdad entre hombres y mujeres y sus dramáticas consecuencias. Realidad que vivimos cada día más del 50% de la población mundial; y es necesario recordarlo por la sorprendente normalización de las desigualdades, de la inequidad, y la injusticia, que están presentes en nuestra sociedad. Y digo en nuestra, porque las sociedades occidentales, las sociedades del bienestar del primer mundo, no están exentas de esta discriminación, aunque se hayan dado algunos pasos para el cambio.

La igualdad real dista mucho de la igualdad legal. Existen múltiples barreras invisibles, techos de cristal que impiden a las mujeres por el solo hecho de ser mujeres, llegar donde su capacidad les permitiría. Cadenas que nos atan a roles establecidos para mujeres y hombres, y que nos dificultan a las mujeres progresar, acceder en igualdad de condiciones a derechos y oportunidades a nivel laboral, social, económico o representativo. Incluso en su derecho a la salud mermado por haber ignorado que la enfermedad, puede expresarse de forma diferente en hombres y mujeres retrasando diagnósticos en espera de “síntomas típicos” y obviando que los tratamientos pueden tener respuestas diferentes también en ellas. Sirva de ejemplo la ausencia, aún hoy, del enfoque de género en el proceso de enfermar y la de la morbilidad diferencial en distintas patologías en nuestras facultades de medicina.

“Sirva de ejemplo la ausencia, aún hoy, del enfoque de género en el proceso de enfermar y la de la morbilidad diferencial en distintas patologías en nuestras facultades de medicina”

La mujer sigue atada a su rol de cuidadora en el entorno familiar y es responsable en mayor medida de la crianza de los hijos e hijas, sin compensación ni reconocimiento alguno por su contribución al desarrollo económico y social que aportan con este trabajo “invisible” y no remunerado. No es que rechacemos este papel; la ayuda, la cercanía humana a la persona frágil y necesitada, ya sea un niño, un enfermo o un anciano es un noble papel que muchas mujeres desean realizar, pero no como trabajo añadido a jornadas laborales exhaustivas, sin reconocimiento económico, laboral, sin espacios para el descanso o para el ocio, hasta llegar al agotamiento emocional que pone en peligro su salud física y mental. Además los cuidados deberían ser función de toda persona, hombre o mujer en corresponsabilidad. Para ello es necesario educar en igualdad a niños y niñas promocionando la importancia de los buenos tratos y los cuidados desde la infancia.

Y tenemos que recordar quizás la más dramática expresión de la desigualdad. La violencia de género (VG) es una realidad tan presente en nuestra sociedad, que se empieza a correr el riesgo de la desensibilización y el acostumbramiento. Ya no nos estremece un nuevo caso, es uno más… de la larga serie que cada año desgranan las estadísticas. Y esto es un fenómeno grave, porque puede conducir a la pasividad, al desinterés, a la indiferencia, a la inacción. Aun reconociendo pasos importantes dados como La Ley integral contra la VG, los planes nacionales y autonómicos en este sentido, la respuesta real frente a este problema, resulta claramente insuficiente.

Estamos lejos de proporcionar una atención integral a las víctimas y una respuesta integrada en la prestación de servicios, aunque los protocolos así lo recojan.

En el ámbito sanitario, se han hecho avances notables, pero aún muchos profesionales no tienen incorporada la violencia de género como un problema de salud y en consecuencia, no lo han incorporado a su práctica. El desconocimiento, inseguridad, incomodidad, falta de compromiso, son alguna de las razones. La resistencia de los profesionales sanitarios a considerarlo como parte de sus competencias se debe, entre otros motivos, a que no está incluido en los contenidos curriculares ni de los estudios de medicina, enfermería… y hay que empezar desde cero. Es necesario no solo formar, sino previamente, concienciar de que “es un problema de salud y como tal nos compete”. Por eso, antes de la capacitación técnica, es necesaria la toma de conciencia de que la VG es, además de una vulneración de los derechos elementales de las personas y un problema social, un problema de salud de extraordinaria magnitud y de que la atención a las víctimas es una de nuestras funciones.

Cualquiera de los ámbitos de intervención necesarios para la atención a la VG, son sin duda susceptibles de mejora. Los profesionales de Atención Primaria, que somos los que con mayor frecuencia detectamos casos de VG y seguimos la evolución de las víctimas, somos quizá, los que mejor conocemos la respuesta de las diferentes instituciones. Y es importante para nosotros, porque cuando proponemos a una mujer su derivación a otros recursos tenemos que tener claro que será para su beneficio, y esto a veces nos llega a generar problemas éticos.

La respuesta del sistema judicial, por ejemplo, es percibida por las mujeres víctimas de violencia como insuficiente e insatisfactoria y, con demasiada frecuencia se sienten sometidas a un trato victimizante. Nos refieren experiencias traumáticas, fatigosos peregrinajes por los Juzgados de Violencia, y también por los Juzgados de Familia, donde con frecuencia se gestionan separaciones por VG, en mujeres que no han denunciado por miedo, por absoluto miedo a las represalias del agresor, o incluso, porque su abogado les ha dicho “no merece la pena denunciar si solo se trata de maltrato psicológico, es improbable que vaya adelante e incluso puede ser negativo para ti”, como nos refería una mujer.

Derivar a una mujer, aconsejar la denuncia- si no se trata de situaciones de alto riesgo- puede resultar difícil para un profesional responsable que mira por el bienestar de la mujer. Y nuestra ética profesional se guía por los principios de beneficencia y no maleficencia. Es decir, buscamos la opción más beneficiosa, y sobre todo no hacer daño, no hacer más daño del que ya llevan soportado las victimas de VG. Por eso creemos tan importante contar con profesionales responsables y bien formados y que trabajen de forma coordinada en la atención a las mujeres víctimas de esta violencia, que les aseguren una respuesta justa, responsable y adaptada a sus necesidades.

Intentemos, en este camino hacia la igualdad, luchar contra la VG. Pero también contra las desigualdades, inequidades e injusticias cotidianas que sufren las mujeres en cualquiera de los ámbitos de la sociedad, muchas veces desdibujadas, en el discurso de “ya somos iguales” que ha ido calando en la sociedad, especialmente entre los jóvenes sin plantearse un análisis mínimamente crítico, ni chequearlo con la realidad que viven.

 

Y en esta tarea es necesario el compromiso social, el compromiso político, el compromiso técnico y profesional de mujeres y hombres.
Despertemos del letargo y la insensibilidad.

No hemos conseguido la igualdad y estamos en un momento crítico. Amelia Valcárcel decía en una reciente conferencia: “las generaciones jóvenes viven el espejismo de la igualdad. No saben defender su peculiaridad como algo respetable. Dentro del espejismo de la igualdad es violencia apartar a las mujeres de los resortes de poder, de autoridad y respeto. Esto no ha cesado en nuestra sociedad, solo estamos a medio camino”

Hoy es un día para recordar que hay que seguir luchando por la igualdad, fomentándola desde la educación en la infancia, porque la educación es la mejor vacuna contra la violencia de género y la mejor inversión de futuro para una sociedad más justa, más solidaria, más desarrollada y más productiva donde las mujeres y los hombres, podamos convivir en igualdad y armonía. Hoy es un día, en el que nos gustaría que hombres y mujeres compartiésemos una ilusión, un horizonte, un camino hacia la igualdad.

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